Evangelio 13 de Septiembre del 2026.

Evangelio de hoy y lecturas

Primera lectura

Lectura del libro del Eclesiástico 27, 30 – 28, 7

Rencor e ira también son detestables,
el pecador los posee.
El vengativo sufrirá la venganza del Señor,
que llevará cuenta exacta de sus pecados.
Perdona la ofensa a tu prójimo
y, cuando reces, tus pecados te serán perdonados.
Si un ser humano alimenta la ira contra otro,
¿cómo puede esperar la curación del Señor?
Si no se compadece de su semejante,
¿cómo pide perdón por sus propios pecados?
Si él, simple mortal, guarda rencor,
¿quién perdonará sus pecados?
Piensa en tu final y deja de odiar,
acuérdate de la corrupción y de la muerte
y sé fiel a los mandamientos.
Acuérdate de los mandamientos
y no guardes rencor a tu prójimo;
acuérdate de la alianza del Altísimo
y pasa por alto la ofensa.

Salmo

Salmo 102, 1-2. 3-4. 9-10. 11-12 R/. El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia.

Bendice, alma mía, al Señor,
y todo mi ser a su santo nombre.
Bendice, alma mía, al Señor,
y no olvides sus beneficios. R/.

Él perdona todas tus culpas
y cura todas tus enfermedades;
él rescata tu vida de la fosa,
y te colma de gracia y de ternura. R/.

No está siempre acusando
ni guarda rencor perpetuo;
no nos trata como merecen nuestros pecados
ni nos paga según nuestras culpa. R/.

Como se levanta el cielo sobre la tierra,
se levanta su bondad sobre los que lo temen;
como dista el oriente del ocaso,
así aleja de nosotros nuestros delitos. R/.

Segunda lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 14, 7-9

Hermanos:
Ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo.

Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; así que, ya vivamos ya muramos, somos del Señor.

Pues para esto murió y resucitó Cristo: para ser Señor de muertos y vivos.

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Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Mateo 18, 21-35

En aquel tiempo, acercándose Pedro a Jesús le preguntó:
«Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?».

Jesús le contesta:
«No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Por esto, se parece el reino de los cielos a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus criados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. El criado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo:
“Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo”.

Se compadeció el señor de aquel criado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda.

Pero al salir, el criado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba diciendo:
“Págame lo que me debes”.

El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba diciendo:
“Ten paciencia conmigo y te lo pagaré”.

Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía.

Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido.

Entonces el señor lo llamó y le dijo:
“¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo rogaste ¿no debías tener tú también compasión de un compañero, como yo tuve compasión de ti?”.

Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda.

Lo mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si cada cual no perdona de corazón a su hermano».

Pautas para la homilía de hoy

Reflexión del Evangelio de hoy

El perdón nace de la memoria

El Sirácida no empieza diciendo «perdona», sino algo más hondo: «acuérdate». Acuérdate de tu fin, acuérdate de los mandamientos, acuérdate de la alianza del Altísimo. El remedio contra el rencor no es, en primer lugar, un esfuerzo heroico de nuestra voluntad, sino la recuperación de una memoria más amplia que la del agravio. El hombre resentido solo sabe repetirse la ofensa recibida; el creyente, por el contrario, debe aprender a recordar una historia mayor, la de la fidelidad de Dios, que empequeñece cualquier otra cuenta pendiente. Ben Sirá habla del rencor como de algo que el pecador «guarda» dentro de sí: el problema no es solo la herida, sino la decisión de conservarla, alimentarla, dejar que se convierta en la lente con la que miramos todo lo demás y a todos los demás.

Vivir desde una pertenencia

San Pablo, en medio de una comunidad dividida, recuerda algo sencillo y a la vez revolucionario: «Ninguno de nosotros vive para sí mismo […] somos del Señor». Vivimos en una cultura que nos empuja constantemente a colocarnos en el centro —mis derechos, mis heridas, mis cuentas—, pero el creyente descubre que el centro de su vida ya no es él mismo, sino Aquel a quien pertenece. Y cuando dejamos de ser el centro absoluto de nuestra propia existencia, el hermano deja también de ser un rival o una amenaza, para convertirse en alguien confiado a nuestro cuidado. El perdón empieza, quizá, justo ahí: cuando dejamos de preguntarnos solo qué nos hicieron y empezamos a preguntarnos qué está viviendo el otro.

El corazón que olvidó el abrazo

La pregunta de Pedro busca poner un límite: «¿Hasta siete veces?». Jesús rompe esa lógica de raíz y responde con una historia desproporcionada: diez mil talentos frente a cien denarios, una fortuna imposible frente al salario de unos meses. Pero el centro de la parábola no son las matemáticas, sino un verbo: el rey «se compadeció». No negoció, no rebajó la deuda, no exigió garantías; miró al siervo de rodillas y vio algo más que un deudor, vio su miedo y su miseria, y respondió con un perdón que no guarda proporción con nada. El rey no perdona porque el siervo vaya a pagar. Los dos saben que aquella promesa —«te lo pagaré todo»— es imposible de cumplir. Tampoco perdona porque el siervo lo merezca. Lo hace porque se compadece. Ese es el verbo decisivo de toda la parábola. Dios nunca comienza mirando nuestras cuentas; comienza mirando nuestro rostro. Antes que acreedores o deudores, somos hijos necesitados de misericordia.

El drama llega después. El mismo hombre que un momento antes suplicaba de rodillas se levanta, encuentra a un compañero que le debe una suma insignificante, y lo agarra por el cuello exigiendo el pago. No es solo que no perdone: es que ha olvidado. Ha olvidado que hace un instante estaba en el suelo pronunciando las mismas palabras que ahora escucha sin conmoverse. Ha olvidado el corazón del Rey. Ha olvidado que fue mirado con una misericordia que no podía comprar ni merecer. Ha olvidado quién era cuando estaba de rodillas. Y quien olvida cómo ha sido amado termina creyéndose únicamente acreedor de los demás.

La verdadera cárcel de la parábola no es la que aparece al final, sino la que empieza mucho antes: la de un corazón que no sabe salir de sí mismo, que sigue ocupando el centro de su propio mundo mientras el rey ya había puesto a ese mismo siervo en el centro del suyo. Por eso no puede perdonar. Perdonar supone, en el fondo, dejar de ser el centro para que el otro pueda, por fin, existir delante de nosotros.

Una llamada para hoy

Difícilmente nos reconocemos de entrada en el siervo despiadado; nos resulta más cómodo identificarnos con el que necesita ser perdonado. Pero el Evangelio propone una pregunta más incómoda: ¿hay alguna deuda que sigo contabilizando con precisión? ¿Hay alguna herida que se ha convertido en el centro de mi vida? ¿Hay algún rostro al que ya solo sé mirar como acreedor?

Quizá el primer paso no sea intentar perdonar de inmediato, sino, sencillamente, volver a hacer memoria: recordar cuántas veces Dios ha tenido paciencia con nosotros, cuántas veces nos ha esperado mientras vivíamos encerrados en nuestras propias cuentas, cuántas veces Dios ha vuelto a empezar conmigo cuando yo ya había dejado de creer en mí mismo. Cuántas veces su misericordia fue más grande que mi pecado. Solo quien vuelve una y otra vez a esa memoria descubre que el perdón no es una obligación imposible, sino la forma concreta de parecerse al corazón del Padre. Setenta veces siete no es una cifra que haya que contar, sino la medida de una paciencia que no se cansa. Quien vive sostenido por esa memoria empieza, poco a poco, a mirar al otro con los mismos ojos con los que ha sido mirado.

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