Cuando todos huían del sida, Mons. Vitillo tejió una red de esperanza y justicia para los infectados

Mucho antes de que existieran tratamientos eficaces, cuando el Sida sonaba a sentencia de muerte y vergüenza, un sacerdote decidió que la respuesta de la Iglesia no podía ser el silencio. Durante cuatro décadas, Mons. Robert J. Vitillo ha tejido, desde hospitales africanos hasta los pasillos diplomáticos de Naciones Unidas, una red de cuidado, justicia y esperanza para quienes viven con esta enfermedad.

La primera década de la pandemia de VIH en los 1980s fue devastadora en todos los aspectos, con una mortalidad extremadamente alta. “Íbamos un poco a ciegas. Necesitábamos empezar desde el principio”, explicó el prelado quien trabajó en el Secretariado General de Caritas Internationalis desde 1986. 

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“Era una época terrible. En aquel momento, había unas 25.000 personas que sabíamos que vivían con VIH, pero no contábamos con diagnósticos”, recordó Mons. Vitillo, que ha lideró la respuesta de la Iglesia frente a esta pandemia que ha matado a más de 40 millones de personas en todo el mundo.

“Sabíamos que muchos grupos de la Iglesia estaban respondiendo a esta crisis, especialmente en el África subsahariana, así como en Estados Unidos y en otros lugares donde la epidemia avanzaba rápidamente”, agregó.

Mons. Vitillo habló del compromiso de la Iglesia contra esta enfermedad durante la presentación el pasado 17 de febrero en el Vaticano de la conferencia internacional Healthcare for All. Sustainability and Equity” (Asistencia sanitaria para todos: sostenibilidad y equidad), convocada por la Pontificia Academia para la Vida (PAV).

Premiado por el Vaticano por su trayectoria

Mons. Vitillo recibió el premio “Guardian of Life Award 2026” en reconocimiento a su larga y constante labor en la promoción de la dignidad humana. Crédito: Pontificia Academia para la Vida
Mons. Vitillo recibió el premio “Guardian of Life Award 2026” en reconocimiento a su larga y constante labor en la promoción de la dignidad humana. Crédito: Pontificia Academia para la Vida

En ese encuentro, este organismo del Vaticano le premió con el Guardian of Life Award 2026 en reconocimiento a su larga y constante labor en la promoción de la dignidad humana, la inclusión social y el derecho a la salud para todos. 

Con el tiempo, la magnitud del impacto de la enfermedad se hizo evidente. “Vimos que ya habíamos perdido a más de 30 millones de personas por el síndrome relacionado con el Sida”, afirmó Mons. Vitillo, actual asesor senior del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral.

Monseñor Vitillo con la hermana Hien, de Hue (Vietnam), en la preconferencia católica sobre el VIH/SIDA vinculada a la Conferencia Internacional sobre el SIDA - Vancouver 2015. Crédito: Mons. Vitillo
Monseñor Vitillo con la hermana Hien, de Hue (Vietnam), en la preconferencia católica sobre el VIH/SIDA vinculada a la Conferencia Internacional sobre el SIDA – Vancouver 2015. Crédito: Mons. Vitillo

“Teníamos que comprenderlo nosotros mismos. Debíamos mantenernos fieles a la enseñanza de la Iglesia sobre las relaciones sexuales, pero al mismo tiempo ayudar a la Iglesia a estar abierta a servir a todas las personas, como lo ha hecho desde sus inicios y como nos enseñó Jesús”, añadió.

Mientras la ciencia avanzaba lentamente en la comprensión del virus, la Iglesia ya estaba en primera línea, atendiendo a los enfermos de VIH especialmente en África, donde hospitales, misioneros y congregaciones religiosas enfrentaban una crisis sanitaria sin precedentes.

Monseñor Vitillo, en un centro de que acoge retiros para personas con VIH, en Papúa Nueva Guinea, Port Moresby, en 2012. Crédito: Mons. Vitillo
Monseñor Vitillo, en un centro de que acoge retiros para personas con VIH, en Papúa Nueva Guinea, Port Moresby, en 2012. Crédito: Mons. Vitillo

Escenas dantescas en los hospitales de la Iglesia en África

Mons. Vitillo recordó su experiencia en el hospital de Masaka, en Uganda, gestionado por las Misioneras Médicas de María y relata escenas dantescas.

“Cuando entraba en las habitaciones, veía a dos personas por cama, gente tirada en el suelo entre las camas e incluso pacientes en el césped del hospital, porque cerca del 90% de los ingresados estaban muriendo de VIH”, dijo.

Monseñor Vitillo imparte una formación sobre el VIH/SIDA en Papúa Nueva Guinea en 2014. Crédito: Mons. Vitillo
Monseñor Vitillo imparte una formación sobre el VIH/SIDA en Papúa Nueva Guinea en 2014. Crédito: Mons. Vitillo

La escasez de tratamientos obligó a buscar soluciones improvisadas, pero efectivas. Las religiosas desarrollaron programas de atención domiciliaria y capacitaron a las familias para cuidar a los enfermos. “Primero ayudaban a los familiares a superar el miedo a atender a alguien con Sida, y luego enviaban unidades móviles para llevar los pocos recursos disponibles”, explicó.

En esta fase inicial, la medicina apenas podía ofrecer cuidados paliativos. Sin embargo, la Iglesia aportó algo esencial: acompañamiento humano. “No teníamos tratamiento, pero sí un recurso sostenible y equitativo: cuidado y amor por las personas, sin importar su pasado o su sufrimiento”, afirmó Mons. Vitillo.

La batalla diplomática por los medicamentos

El cambio radical llegó en la segunda década, tras el Congreso Internacional de sida de 1996 en Vancouver (Canadá). Fue entonces cuando aparecieron estrategias antirretrovirales muy potentes, capaces de inhibir la replicación del VIH casi al 100%, que hicieron que la mortalidad disminuyera de forma exponencial.

La Iglesia presionó en foros internacionales, especialmente en Ginebra y Nueva York, para reducir los precios y garantizar la distribución de los fármacos. ICMC/Barbara Sartore
La Iglesia presionó en foros internacionales, especialmente en Ginebra y Nueva York, para reducir los precios y garantizar la distribución de los fármacos. ICMC/Barbara Sartore

Sin embargo, el alto costo de estos primeros tratamientos antirretrovirales los hacía inaccesibles para la mayoría de los países en desarrollo. “Esos medicamentos eran carísimos. No había forma de que la mayoría de las personas pudiera acceder a ellos”, recordó Mons. Vitillo.

La acción humanitaria se convirtió entonces en una batalla política y diplomática. Caritas, diversas organizaciones católicas y la Santa Sede comenzaron a presionar en foros internacionales, especialmente en Ginebra y Nueva York, para reducir los precios y garantizar la distribución de los fármacos.

“Nuestra Iglesia, Caritas y la representación de la Santa Sede en Ginebra y Nueva York se convirtieron en defensores activos para asegurar que los precios bajaran”, comentó.

Mons. Vitillo en una residencia de Ho Chi Minh, para madres y niños que viven con sida gestionada por los Padres de San Camilo. Crédito: Mons. Vitillo
Mons. Vitillo en una residencia de Ho Chi Minh, para madres y niños que viven con sida gestionada por los Padres de San Camilo. Crédito: Mons. Vitillo

Uno de los hitos clave fue la movilización internacional que condujo a la creación del Fondo Mundial de Lucha contra el Sida, la Tuberculosis y la Malaria, destinado a ayudar a los países más pobres a adquirir tratamientos.

“Fue muy eficaz para crear un fondo que permitiera a los países comprar medicamentos y, al mismo tiempo, garantizar un suministro estable y una demanda constante para las compañías farmacéuticas”, explicó Mons. Vitillo.

El problema olvidado: los niños

Con los años surgió un nuevo desafío: los tratamientos beneficiaban principalmente a los adultos, mientras que los niños continuaban muriendo en cifras alarmantes.

“Descubrimos que los adultos se beneficiaban enormemente de los medicamentos, pero los niños no”, señaló Mons. Vitillo. La mortalidad infantil seguía siendo dramática: “La mitad de los niños moría antes de cumplir dos años y un tercio antes de su primer cumpleaños”.

Ante esta situación, el entonces Pontificio Consejo Justicia y Paz —hoy integrado en el Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral— impulsó una iniciativa inédita: convocar en el Vaticano a los directivos de las grandes compañías farmacéuticas. 

Mons. Vitillo en Vietnam. Créditos: Cáritas
Mons. Vitillo en Vietnam. Créditos: Cáritas

Bajo el liderazgo del Cardenal Peter Turkson, representantes de empresas, investigadores y autoridades regulatorias comenzaron a reunirse anualmente en la Pontificia Academia de las Ciencias.

“Les dijimos que se trataba de una cuestión ética y de justicia: no podían seguir desarrollando medicamentos únicamente para adultos”, detalló Mons. Vitillo.

Estas reuniones desbloquearon obstáculos científicos, regulatorios y económicos que durante años habían frenado la producción de medicamentos pediátricos. “Durante varios años celebramos encuentros anuales en el Vaticano para evaluar los progresos y lograr compromisos concretos de las empresas”, explicó.

El resultado fue el desarrollo de nuevos fármacos y herramientas de diagnóstico adaptadas a los niños, lo que permitió reducir significativamente la mortalidad infantil asociada al VIH. “Hoy existe un conjunto mucho mayor de medicamentos y diagnósticos adaptados a los niños, y por eso muchos más sobreviven”, afirmó.

Vida a pesar de la enfermedad

Detrás de las estadísticas había y hay historias concretas. Mons. Vitillo recuerda, por ejemplo, el centro Mon Cam, en Vietnam, dirigido por los Padres Camilos que acogía a niños con Sida abandonados en las calles.

“Cuando visité el centro por primera vez, había muchos niños corriendo por el patio. Pero cada vez que pasaban por la puerta central se detenían y se inclinaban ante las urnas que contenían los cuerpos de otros niños que habían muerto y habían sido cremados”, relató.

Con el acceso progresivo a los tratamientos, la situación cambió radicalmente. “Trabajamos muy duro para conseguir medicamentos para esos niños… y ahora están creciendo, van a la escuela, algunos incluso se están casando. Tenemos tres de ellos cursando estudios de posgrado”, manifestó.

Para Mons. Vitillo, la experiencia del VIH refleja un rasgo distintivo de la acción de la Iglesia en el ámbito sanitario y humanitario: su permanencia en el tiempo.

“La Iglesia siempre está presente antes de que empiecen las epidemias o los desastres. Permanece mientras otros llegan con recursos y luego se marchan. Y también se queda después de que todos los demás se hayan ido”, afirmó.

Esa continuidad, sostuvo en el encuentro público en la sala de prensa del Vaticano, constituye la verdadera base de la justicia y la sostenibilidad en la respuesta a las crisis sanitarias. “La equidad y la sostenibilidad no son sólo una cuestión financiera. Se encuentran en las comunidades”, concluyó.

Hoy, décadas después del inicio de la pandemia, el VIH sigue siendo una amenaza global. Sudáfrica tiene el mayor número de personas seropositivas del mundo. De los 39 millones de personas afectadas en todo el mundo el año pasado, 20,8 millones se encontraban en África oriental y meridional, con 8,45 millones solo en Sudáfrica (casi el 14% de la población), según las últimas cifras del Programa Conjunto de Naciones Unidas sobre VIH/Sida (Onusida). 

Sin embargo, el acceso cada vez más amplio a los tratamientos ha transformado radicalmente el pronóstico de la enfermedad, que en muchos casos se ha convertido en una condición crónica controlable.

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