Cómo la Revolución Americana cambió el futuro de los católicos en Estados Unidos
Mientras Estados Unidos se prepara para celebrar el 250º aniversario de su fundación, sus orígenes recuerdan que uno de los beneficiarios de la Revolución Americana fue una minoría religiosa que alguna vez fue vista con profunda sospecha: los católicos.
Mucho antes de que la Primera Enmienda garantizara el libre ejercicio de la religión, en muchas de las colonias británicas de América los católicos tenían prohibido ocupar cargos públicos, enfrentaban restricciones para votar y, con frecuencia, no podían practicar abiertamente su fe. Las leyes anticatólicas, arraigadas en siglos de conflicto entre Inglaterra y la Iglesia Católica, hacían que muchos católicos fueran vistos con desconfianza y que su lealtad fuera cuestionada simplemente por su fe.
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Sin embargo, en el transcurso de una generación, un sacerdote católico se convertiría en el primer obispo de Estados Unidos, un católico firmaría la Declaración de Independencia y el primer presidente de la nación impulsaría al Congreso a reconocer oficialmente y autorizar capellanes católicos y protestantes.
Con motivo del 250º aniversario de Estados Unidos, los historiadores afirman que la Revolución Americana marcó un punto de inflexión decisivo para la libertad religiosa, especialmente para los católicos.
El impulso de Washington a los capellanes
Cuando el general George Washington asumió el mando del Ejército Continental en 1775, las colonias eran religiosamente diversas, aunque mayoritariamente protestantes. Aun así, Washington comprendía que la fe era esencial en la vida de los soldados bajo su mando.
A instancias suyas, el Congreso Continental votó el 29 de julio de 1775 nombrar un capellán para cada regimiento del Ejército Continental.
La medida tenía un propósito práctico. Los capellanes predicaban, celebraban servicios religiosos, consolaban a los heridos, enterraban a los muertos y recordaban a los soldados los principios morales por los que luchaban.
Pero también representaba algo más importante.
Quizá por primera vez en la historia de Estados Unidos, el gobierno revolucionario reconocía que los ciudadanos que servían a su país no debían abandonar sus convicciones religiosas.
Aunque casi todos los primeros capellanes eran ministros protestantes, el principio establecido por el Congreso —que el gobierno debía facilitar la vida religiosa de sus soldados en lugar de reprimirla— sentó un importante precedente para la libertad religiosa.
El P. John Carroll y un nuevo lugar para los católicos
Nacido en Maryland en 1735, John Carroll pertenecía a una de las pocas familias católicas que habían logrado prosperar a pesar de las restricciones legales.
Como no podía recibir una educación católica en las colonias, estudió con los jesuitas en Europa antes de regresar a su país como sacerdote.
En 1776, el Congreso Continental pidió a Carroll que acompañara a Benjamin Franklin, Charles Carroll —primo de John Carroll— y Samuel Chase en una misión diplomática a Canadá.
Su presencia era deliberada.
El Congreso comprendía que un sacerdote católico podía contribuir a generar confianza entre los católicos francocanadienses y demostrar que la Revolución Americana no era un movimiento protestante hostil a la fe católica.
Aunque la misión finalmente no logró convencer a Canadá de unirse a la Revolución, envió un mensaje importante: los católicos tenían un lugar en el proyecto estadounidense.
Los católicos demuestran su lealtad
La Revolución dio a los católicos la oportunidad de desafiar los prejuicios que durante mucho tiempo habían existido contra ellos.
Muchos protestantes de las colonias habían heredado de Inglaterra generaciones de sentimiento anticatólico. Con frecuencia se presentaba a los católicos como políticamente poco confiables debido a su lealtad al Papa.
Sin embargo, la Revolución obligó a los estadounidenses a reconsiderar esas ideas.
La causa patriota dependía de una alianza con la Francia católica. El Congreso Continental buscó el apoyo de la población mayoritariamente católica de Quebec. Y los católicos estadounidenses demostraron que ellos también estaban comprometidos con la independencia.
Uno de los ejemplos más claros fue Charles Carroll de Carrollton, el único católico que firmó la Declaración de Independencia.
Acaudalado propietario de plantaciones en Maryland, Charles Carroll había enfrentado durante mucho tiempo restricciones legales debido a su fe, entre ellas limitaciones para ocupar cargos públicos bajo el dominio británico. Al estampar su firma en la Declaración, puso en riesgo tanto su considerable fortuna como su propia vida en apoyo de la causa patriota.
La firma de Charles Carroll se convirtió en una respuesta contundente para quienes cuestionaban si los católicos podían ser ciudadanos leales de la nueva república, al demostrar que la fidelidad a la fe católica y el compromiso con la independencia estadounidense podían ir de la mano.
La visión de Washington sobre la libertad religiosa
El compromiso de Washington con la libertad religiosa quedó aún más claro después de la Revolución.
En una carta escrita en 1790 a la Congregación Hebrea de Newport, Rhode Island, Washington rechazó la idea de que las minorías religiosas simplemente merecieran tolerancia. En cambio, escribió que el gobierno de Estados Unidos “no da respaldo al fanatismo ni ayuda a la persecución”.
Esas palabras representaban un profundo alejamiento del modelo europeo, en el que los gobiernos solían conceder una tolerancia limitada mientras seguían favoreciendo a una religión establecida.
Washington imaginaba algo distinto: igualdad de protección para los ciudadanos, independientemente de su fe.
Para los católicos, cuyos antepasados habían soportado generaciones de discriminación legal bajo el dominio británico, esa promesa tenía una enorme importancia.
Carroll se convierte en el primer obispo estadounidense
Ese mismo espíritu marcó el futuro de la Iglesia Católica en Estados Unidos.
En 1789, el Papa Pío VI nombró al P. John Carroll como el primer obispo de Estados Unidos.
Lejos de mirar con recelo la democracia estadounidense, Carroll acogió las oportunidades que ofrecían las garantías constitucionales de la libertad religiosa.
Fundó el Georgetown College, promovió la educación católica, alentó la creación de parroquias y animó a los católicos a participar activamente en la vida cívica.
Carroll creía que la Iglesia podía florecer precisamente porque el gobierno ni establecía una religión oficial ni perseguía la religión.
Su confianza resultó plenamente justificada.
En pocas décadas, la Iglesia Católica pasó de ser una minoría pequeña y frecuentemente objeto de desconfianza a convertirse en una de las comunidades religiosas más grandes del país.
Un legado para los próximos 250 años
La Revolución Americana no eliminó de la noche a la mañana los prejuicios anticatólicos. Los católicos siguieron enfrentando discriminación hasta bien entrado el siglo XIX.
Sin embargo, la Revolución cambió de manera fundamental su situación jurídica.
La misma nación que había heredado de Inglaterra la desconfianza hacia los católicos fue adoptando gradualmente el principio de que la ciudadanía no dependía de la afiliación religiosa.
El apoyo de Washington a los capellanes militares, su rechazo a los prejuicios religiosos y su visión de una libertad igual para todos ayudaron a sentar ese fundamento. El obispo John Carroll, por su parte, demostró que los católicos podían servir fielmente tanto a la Iglesia como a la nueva república.
Juntas, sus historias recuerdan a los estadounidenses que la libertad religiosa no fue simplemente uno de los ideales fundacionales de la nación, sino que llegó a convertirse en uno de sus mayores logros.
Artículo publicado originalmente en EWTN News. Traducido y adaptado por el equipo de ACI Prensa.
