24 horas para el Señor: Homilía completa del Papa Francisco

Por tanto, no renunciemos al perdón de Dios, al sacramento de la Reconciliación: no es una práctica de devoción, sino el fundamento de la existencia cristiana; no se trata de expresar bien los pecados, sino de reconocernos pecadores y arrojarnos en los brazos de Jesús, del amor de Jesús crucificado para ser liberados; no es un gesto moralista, sino la resurrección del corazón. El Señor Resucitado nos resucita a todos nosotros. Vayamos, pues, a recibir el perdón de Dios, y nosotros, que lo administramos, sintámonos dispensadores de la alegría del Padre que encuentra a su hijo perdido; sintamos que nuestras manos, puestas sobre la cabeza de los fieles, son las manos traspasadas por la misericordia de Dios, que transforma las llagas del pecado en canales de misericordia; y nosotros, que hacemos de confesores,  sintamos que el “perdón y la paz” que proclamamos son la caricia del Espíritu Santo en el corazón de los fieles. Queridos hermanos, perdonemos. Queridos hermanos sacerdotes, perdonemos siempre como Dios que no se cansa de perdonar y reencontrémonos a nosotros mismos; concedamos siempre el perdón a quien lo pide, y ayudemos a quien tiene miedo a acercarse con confianza al sacramento de la curación y de la alegría. Pongamos de nuevo el perdón de Dios en el centro de la Iglesia.

Y ustedes, queridos hermanos sacerdotes, no pregunten mucho, no vallan allí, no. Que ellos hablen y perdonen todo. 

Y ahora, mientras nos preparamos para acoger la nueva vida, confesemos al Señor que hay mucho de viejo en nosotros, cosas feas. La lepra del pecado ha manchado nuestra belleza, y por eso decimos: Jesús, si quieres, puedes purificarme. Todos juntos: Jesús, si quieres, puedes purificarme. De pensar que no te necesito cada día: ¡Jesús, si quieres, puedes purificarme! De vivir tranquilo con mi doblez, sin buscar en tu perdón el camino de la libertad: ¡Jesús, si quieres, puedes purificarme! Cuando las buenas intenciones no van seguidas de obras, cuando postergo la oración y el encuentro contigo: ¡Jesús, si quieres, puedes purificarme! Cuando acepto el mal, la deshonestidad, la falsedad, cuando juzgo a los demás, los desprecio y chismorreo sobre ellos, quejándome de todos y de todo: ¡Jesús, si quieres, puedes purificarme! Y cuando me conformo con no hacer el mal, pero no hago el bien sirviendo a la Iglesia y a la sociedad: ¡Jesús, si quieres, puedes purificarme! Sí, Jesús, creo que puedes limpiarme, creo que necesito tu perdón. Jesús, renuévame y volveré a caminar en una vida nueva. ¡Jesús, si quieres, puedes purificarme!

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